En un lugar cercano a Tiripitío, en cierta ocasión murió un hombre ya entrado en años y muy conocido por los habitantes del lugar; la viuda y sus hijos, como toda familia cristiana decidieron que era necesaria la presencia de un cura para que el difunto cayera en gracia de Dios, y utilizando todos sus recur$o$ y poder de convencimiento, hicieron venir al cura del pueblo para que asistiera al funeral y le diera cristiana sepultura.
El sacerdote, en la ceremonia fúnebre, antes de enterrar al difunto y una ves dichas las oraciones necesarias con el ritual correspondiente, al hacer uso de su elocuencia, se excede en sus halagos y elogios hacia el que recién había partido de éste mundo:
–El difunto fue un gran hombre!, El finado siempre fue un buen marido para su esposa!, el era un hombre estupendo, extraordinario!, excelente cristiano practicante de la fe…¡fue un padre ejemplar!… ¡su pulcra rectitud y honestidad son y seguirán siendo envidia de cualquiera!…
La viuda, un tanto contrariada por las expresiones del cura, se dirige a uno de sus hijos y le dice muy despacio en el oído:
–Oye Ramiro, ve al cajón hijo mío y mira disimuladamente para que te cerciores si el que está adentro verdaderamente es tu padre …


